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Actualidad

05/07/2024

Discurso íntegro del presidente en la ceremonia de entrega de la medalla de Santa Isabel a Sergio del Molino

Nos reunimos un año más en este acto solemne de entrega de la Medalla de Santa Isabel de Portugal, la más alta distinción que concede la Diputación de Zaragoza. Es una cita cargada de historia, de simbolismo y de relevancia institucional.

Este año tenemos el honor de conceder la Medalla de Santa Isabel de Portugal a Sergio del Molino, un intelectual, escritor y periodista, hijo de esta tierra que le vio crecer desde su tierna infancia. Zaragoza capital y la pequeña localidad de Bubierca, en el Partido Judicial de Calatayud, son sus escenarios vitales de referencia, y también creativos. No se entiende su extraordinaria obra sin esa raíz sociológica, familiar y geográfica, como él mismo reconoce con orgullo y como con tanta brillantez recoge en sus obras.

A sus 44 años, es un autor consagrado por méritos propios. Autor de multitud de obras de narrativa, de pensamiento. Novelas y ensayos que redescubren la historia, que ayudan a entender el presente y el pasado.

Su dominio de la prosa se abraza a un pensamiento crítico, a un análisis lúcido y certero, que han merecido que sus obras estén presentes en más de quince países y que hayan sido traducidas al inglés, al italiano, al francés, al griego, al alemán, al chino, entre otros idiomas. Sergio del Molino atesora el premio Cálamo, el premio al mejor ensayo del Gremio de Libreros, los premios Ojo Crítico y Tigre Juan, el Premio Espasa y el Premio Alfaguara de Novela.

La España Vacía le hizo justo ganador del premio al mejor ensayo del Gremio de Libreros y también el Premio Cálamo. Puso en el foco de la actualidad y del debate público el drama de la despoblación, el enorme valor del medio rural, una reivindicación de este espacio humano y geográfico al que tanto le debe nuestro país y al que tanto tenemos que mirar como enorme recurso socioeconómico y como ejemplo de vida. Gracias, Sergio.

El medio rural no es sólo un paisaje evocador. El medio rural es la base de un país que ha crecido desde los pueblos y gracias a los pueblos. Somos lo que somos por lo que un día fuimos. Y darle la espalda a ese pasado no sólo es injusto sino muy poco inteligente y peligroso.

España encuentra en los municipios un ejemplo de moderación, de acuerdo, de consenso y de convivencia que son valores esenciales para nuestra democracia. Lo son siempre, pero más en este presente lleno de incertidumbres, en el que florecen los extremismos al calor de una crispación política que contagia peligrosamente a la sociedad y que erosiona los principios en los que se asienta nuestro sistema democrático.

La crispación continua tiene un efecto demoledor. No hay más que mirar a la historia de España y del resto de Europa para comprobarlo. Por eso, tras la muerte del dictador Franco, quienes protagonizaron la Transición apostaron por abrazarse a los principios de la moderación, del entendimiento, del respeto, del pacto y de buscar los puntos en común para ponerlos al servicio del interés general. Nadie renunció a su ideología y a sus convicciones, pero el consenso fue la piedra angular con los ciudadanos como prioridad.

Llevamos demasiados años asistiendo a un avance de los populismos y de los extremismos de todo signo, de todo cuño. Con marcas distintas y dispares, a todos ellos les une un mismo objetivo: poner en cuestión el sistema democrático para dinamitarlo en beneficio propio. Y el peligro que eso supone es enorme. Igual que es enorme la responsabilidad de quienes tenemos la obligación de trabajar por y para la convivencia democrática, por y para el Estado de Derecho, por y para la igualdad de todos los españoles ante la ley, por y para la unidad del Estado que garantice una efectiva igualdad civil, política y jurídica.

Santa Isabel de Portugal, a la que rendimos tributo en este solemne acto, fue un ejemplo de esa profunda convicción por la paz, por la convivencia, por la igualdad y por el progreso asentado en la justicia social. Y hace ocho siglos de aquello, lo que demuestra que hay valores y principios que son inmutables, necesariamente inmutables, frente a aquellos que lo relativizan todo por oportunismo.

Por eso, en estos tiempos de peligrosa incertidumbre, las entidades locales, los ayuntamientos, los miles y miles de alcaldes y concejales que hay en España y las decenas de diputaciones provinciales debemos liderar la firme defensa de esos principios democráticos. Y debemos hacerlo con el mejor antídoto frente a los extremismos populistas y separatistas: el consenso, el pacto, la ejemplaridad y la generosidad al servicio del interés general.

España es una gran nación. Nuestra democracia y nuestro Estado del Bienestar han sido y son un ejemplo para el mundo. La Transición inauguró la más larga etapa de paz y de mayor prosperidad social y económica que ha vivido nuestro país en toda la historia. Pongamos en valor ese gran patrimonio común, no juguemos con nuestra democracia, porque el abismo al que nos asomaríamos sería peligrosísimo.

A quienes somos cargos públicos nos corresponde liderar esa defensa del Estado de derecho. Quienes lo combaten no merecen un lugar protagonista en nuestro sistema representativo, sean cuales sean las siglas bajo las que campen. Hay que decirlo alto y claro.

Ayuntamientos y diputaciones hemos sido escenarios de pacto, de encuentro, de convivencia y de progreso desde la base social e institucional. Y debemos seguir siéndolo. Ahora más que nunca. Lideremos una revolución democrática desde abajo, desde la política local, desde los cimientos institucionales de nuestro país. Una revolución democrática que dé a los ciudadanos ejemplo de servicio público huyendo de recetas excluyentes.

En España urge recuperar el centro, entendido como gran espacio político de encuentro y de acuerdo. Un gran espacio del pacto entre quienes, desde ideologías y posiciones distintas y dispares, tenemos la responsabilidad de trabajar por el interés general, por esa inmensísima mayoría de españoles que apuestan por la normalidad y que nos exigen que trabajemos con esfuerzo responsable y leal para hacerles la vida mejor, no para echar gasolina a una crispación estéril y artificial. Recuperemos ese espacio de encuentro sobre el que se asentó el gran avance político, social y económico que hizo brillar a España en la Transición y en los años 80 como gran pista de despegue democrático, de progreso, de convivencia y de justicia social, con nuestra gran Constitución de 1978 como bandera.

Como presidente de la Diputación de Zaragoza y desde mi profunda convicción socialdemócrata, siempre he ofrecido esa mano tendida al acuerdo, a los grandes acuerdos. Nuestros ciudadanos no sólo nos lo exigen, sino que lo necesitan, cada día, cada hora. Son enormes las necesidades de nuestros municipios, de una provincia que sufre permanentemente la desigualdad territorial, que es también la desigualdad de oportunidades. Apelo al consenso en aras a ese gran interés general que nos debe guiar. Apelo a un esfuerzo de consenso dentro de la Diputación y trabajaré más aún si cabe por ello. Pero apelo también a un esfuerzo de consenso entre la Diputación y el Gobierno de Aragón, para dar a nuestro medio rural las respuestas que demanda y que son urgentes: un desarrollo medioambiental más equilibrado y justo, una Sanidad más cercana, una Educación de excelencia, Igualdad para todos, una prestación de servicios accesibles para todos y una justa redistribución de la riqueza y del empleo sin la que es imposible frenar el drama de la despoblación.

Muchas gracias

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